Un breve suspiro y la noche se balancea. Abro puertas y ventanas. Los sentidos no son más que vehículos para dejarse llevar. La memoria rueda varios segundos y se detiene donde todo se ha convertido en una nebulosa. Ya no tiene sentido separar los sueños de la realidad, se unen, se mezclan y se esponjan. Una suave brisa me envuelve las piernas y me anima a caminar porque si hoy hubiera alguien deseoso por salir a la noche no seria yo. A cada paso se oyen las chinas bajo mis suelas, esto les asustara, pienso yo e intento no hacer tanto ruido pero es inútil, solo si me paro un largo rato parece que vuelven los sonidos, ojalá pudiera quitarme los zapatos. Una araña cae sobre mi pelo y va tejiendo una tela, pero yo no me doy cuenta, veo un pequeño sendero marcado entre los árboles, como vuelvo a caminar la araña sabe que algo no va bien y se descuelga continuando con su labor. A pesar de que creo que estoy en sintonía con este lugar, me parece que se esconde de mí, incluso con descaro, el aleteo de un pájaro sorprendido que prefiere salir pitando me lo confirma. Es el lugar que hemos escogido para nosotros, fuera de todo esto, tanto o más en lo espiritual que en lo físico y, ahora, tengo que conformarme aunque sienta la presencia que me observa justo un poco mas allá, vigilante por temeroso de un mundo que ya no se hermana con él ahora que viene de paso. Solo me acompaña el ruido de mis pisadas que se convierten en el compás de la noche, una, otra, una, otra, cuando tengo que reconocer que hace rato que me he perdido, y al volver la vista atrás un hilo de tela de araña que pende de mi cabeza brilla a la luz de la luna y me muestra el camino que tengo que desandar. No sé si la naturaleza es sabia o mística. El camino de vuelta siempre es mas corto y la oscuridad es el único estado que vuelve del universo para impregnarlo todo con su extraña realidad.


