RASTRERO, RA.
1. adj. Que va arrastrando.
2. adj. Dicho de una cosa: Que va por el aire, pero casi tocando el suelo.
Ya estaban allí. Eran unos montículos de tierra, ya endurecidos por la lluvia y el tiempo, como tetas gigantes, apiñados, casi idénticos. Daba por sentado que habría llegado un camión detrás de otro, volcando la carga de arena que nunca llego a utilizarse, dejando sembrada la explanada, frente a la casa de mi abuela, de elevaciones a imitación cajas de huevos. Era la rastrera. Era mi pasión.
Desde lo alto nos deslizábamos por las laderas cuanto más rápido mejor. No era imprescindible, pero si muy importante, tener un cartón lo bastante amplio para sentarse y acomodar los pies pues, a pesar de todo, las bragas terminaban a jirones. Ni que decir tiene que con cartón eras el jefe del comando. Sin cartón era muy fácil despeñarse sobre las suelas de los zapatos.
El asunto comenzaba por la búsqueda de un cartón.
La fabrica de pasta de dientes Profiden era el mas allá pero casi el único recurso, los embalajes aparecían tirados en contenedores ante nuestros ojos, nos deleitábamos con tristeza ante aquella visión detrás de la valla metálica que circundaba la fabrica, una valla aun más alta que la propia rastrera, terminada en púas de alambre que apuntaban en todas direcciones. Colarse por la puerta siempre cerrada, si estaba mal amarrada sin ser vistos lanzaba el corazón de setenta a doscientas pulsaciones en pocos segundos.
Recuerdo un día de suerte nefasta, el cartón lo consiguió mi abuela y yo me encamine, tan pletorica como inocente, al punto de lanzamiento donde se habían hecho poderosos la pandilla de los ponen mierdas, respetados matoncillos hartos de golfear que tenían como especialidad cagarse en la puerta de las vecinas para a continuación liarse a timbrazos, salir a toda mecha y esconderse lo justo para ver como aquella pobre mujer se acordaba de la madre que los parió. Y, por supuesto, me quedé sin cartón.
Existen muchas maneras de divertirse y cuando no hay nada, esto mismo se convierte en una nueva diversión. Me he tragado monedas de peseta por hacer con ellas equilibrios con la boca; he descubierto que pueden mantenerte la mirada las lombrices de tus propias heces, sorprendidas por el aterrizaje forzoso a este mundo; que a los escarabajos es muy difícil desengancharlos sin matarlos cuando están copulando; que es imposible caerse por un precipicio si somos todos los que nos ayudamos a cruzar por el pico de un muro sobresaliente, para poder ir a escuchar el tren en las vías mucho antes de que llegara.
Todo cambió radical al final de un verano, en la nueva casa de campo, en el columpio del Club Social, Santigo me dio un beso en la boca con los ojos cerrados diciendo que yo era su novia. No nos volvimos a ver, una serie de desencuentros aromatizó aquel momento con aires de sueños, como solo la juventud y una mente virgen pueden llegar a cargar.
... Felices vacaciones y encuentros.
Foto de R. Murad.